viernes, 15 de noviembre de 2013

Diario de un observador; momento 1.

El humo del cigarrillo baña rápida y ansiosamente la tela de su chaqueta. El sombrero que lleva puesto mira hacia arriba, expectante. La calle se alarga, profunda, interminable. El reflejo de la luna, palpable en las lozas, decreta al fin un chop suey de sentimientos encontrados. El tiempo pasa, incansable, firme. Su corazón, fiel luchador, continúa bombeando; nada se detiene, ni por nosotros, ni por aquellos. Así como tampoco lo hacen las conexiones neuronales que terminan por materializarse en ideas enterradas en lo más profundo. Promete no sacarlas a la luz pero... Sí, definitivamente es el reloj. Él se lo indica sutilmente.Se decide, finalmente, por tomar un anotador.
Podrían ser muchos los temas tratados, demasiados a decir verdad. Lista de tópicos infinitos. La ocasión amerita a que desvíe intencionalmente hacia otro, que en los últimos tiempos se está haciendo más latente.


  • Cada vez más desprecio le inspira la máscara.
  • Cada vez más muecas le salen al ver lo que entiende como socialmente aceptado.
  • Cada vez es más consciente del paso del tiempo.
  •  Cada vez conoce más las maneras de sentir goce.



 Pero también, cada vez entiende más cosas.

Se sienta en un bar. Observa, como sólo el sabe hacerlo. Es un dedicado, ¿qué esperaban?
Da otra pitada.
Apaga el cigarro con su zapato izquierdo.

Un comentario paupérrimo llega a sus oídos, estremeciéndolo, y recordandole la razón por la que está haciendo esto.

Saca una pequeña lapicera negra, dispuesto a comenzar. Pero es allí cuando el vómito aparece y la mano no le permite seguir la cantidad de ideas.

Guarda el anotador, esperando el momento adecuado.

Hasta entonces, los papeles quedarán a la espera. Y cuando llegue aquel tiempo...



Todo será (¿mejor?)

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